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Ir al psicólogo en España

Artículo Nº 6 – «Psicoanálisis para Profesionales»

 

Ir al psicólogo: un riesgo para la salud mental de pacientes

 

Por Susana L. Ruiz, directora y fundadora de la Consulta Bienestar Psicoanálisis en Madrid

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A lo largo de mi trayectoria como coach ejecutiva de directivos y psicoanalista Madrid con consulta propia, he podido comprobar cómo el estado mental de un profesional influye directamente en la calidad de su trabajo y en el bienestar de las personas con las que se relaciona. Mi labor me ha llevado a colaborar estrechamente con psiquiatras, psicólogos y otros profesionales del sector sanitario, además de profundizar en el ámbito de la dirección sanitaria desde mi formación como economista.

En España, un riesgo evidente surge cuando una persona acude a la consulta de un psicólogo, y tiene que ver con que nadie evalúa antes la salud mental de este profesional. Por ello, en un número indeterminado e incontrolado de casos —aunque no menor a la prevalencia existente entre la población general— ese psicólogo padecerá un trastorno mental de diversa gravedad. En consecuencia, “contagiará” al paciente durante el tratamiento psicológico, desde una forma leve hasta desencadenando daños severos e iatrogenia.

 

El control del ejercicio profesional, la protección de la salud y el derecho a la información del paciente

 

Profundizaré algo más en este argumento central para que el lector sea más consciente de las enormes consecuencias que este vacío regulatorio en el control tiene para el paciente

La Constitución Española, en su artículo 43, reconoce el derecho a la protección de la salud y atribuye a los poderes públicos la organización y tutela de la salud pública mediante medidas preventivas, así como a través de las prestaciones y servicios necesarios.

Sin embargo, el sistema de la psicología sanitaria, tanto en el ámbito público como en el privado, se ha estructurado sin el más mínimo control sobre la salud mental de los propios profesionales. De este modo, el paciente queda absolutamente desprotegido, vulnerable y a merced del psicólogo de turno.

Algunos compararán de inmediato la práctica del psicólogo con la del médico psiquiatra y pensarán que este último tampoco pasa por ningún control de salud mental previo al ejercicio profesional. Esto es cierto, pero —como ya señalé en un artículo anterior (Lugo, 2025)— el acto médico está sólidamente definido por protocolos y codificación, mientras que la variabilidad en la práctica de la psicología, especialmente la sanitaria, es muy amplia. Existen casi tantas psicologías como psicólogos.

A pesar de estar regulada por la ley de sanidad, el tratamiento psicológico que recibe un paciente depende en gran medida del profesional en particular, de su metodología y, por supuesto, es afectado de manera errática si el psicólogo presenta una salud mental deteriorada. El riesgo se incrementa especialmente cuando el psicólogo aplica psicoterapia, ya que inevitablemente incorpora su propio estado mental al proceso terapéutico, alejándose así de la función contenedora que ofrece el acto médico con sus diagnósticos, procesos, técnicas y procedimientos estandarizados.

 

¿Y qué dice el Colegio Profesional de la Psicología respecto a la salud mental de sus colegiados? ¿Ofrece alguna directriz?

 

Estoy en condiciones de manifestar, con el 95 % del Grado en Psicología completado, que se lava las manos, al igual que lo hacen las facultades de Psicología en España. Nada mencionan sobre la necesidad de que el psicólogo evalúe y controle su propia salud mental externamente.

El Colegio Oficial de Psicólogos enfatiza que la profesión se basa en la evidencia científica. Sin embargo, según la normativa sanitaria vigente, el objetivo central debería ser la prestación de tratamientos psicológicos sanitarios, acordes al derecho sanitario, que incluyan información sobre riesgos, como en cualquier intervención médica. La posibilidad de que un psicólogo con trastorno mental proyecte su problemática en el paciente no es despreciable

Al respecto, hace pocos días leía la publicidad de un psicólogo que ofrecía terapia psicológica y que, ajeno a la gravedad de su afirmación, proclamaba con orgullo haber estudiado Psicología para “entenderse a sí mismo”. Esta motivación es común entre muchos profesionales que eligen la carrera con la intención de resolver sus propias enfermedades mentales, aunque rara vez se especifica la gravedad de estas o su evolución.

Numerosos psicólogos aseguran de manera omnipotente que se cuidan solos, que no necesitan terapia o que conocen perfectamente sus límites, pese a que se sabe científicamente que una persona con un trastorno mental, en muchos casos, no tiene plena conciencia de su propia condición, siendo este un síntoma de mal pronóstico. Actualmente, no existe ninguna obligación para que un psicólogo realice terapia personal o se someta a supervisión antes de ejercer.

Una vez más, el paciente que acude a la consulta de un psicólogo se expone al peligro sin que el sistema lo proteja ni le informe de los riesgos inherentes, impidiéndole así otorgar un consentimiento informado y recibir un tratamiento de salud mental de manera suficientemente segura.

Sigmund Freud, en su artículo “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico” (1912), reconoció la relevancia del análisis didáctico propuesto por la Escuela de Zúrich, con Eugen Bleuler y C. G. Jung, en su práctica psiquiátrica en el Hospital de Burghölzli. Este procedimiento se formalizó en 1925, cuando Max Eitingon lo estableció como requisito obligatorio durante el Congreso Internacional de Psicoanálisis en Bad Homburg, Alemania. La medida, adoptada por la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA), instituyó la tríada formativa estándar del psicoanálisis —análisis didáctico o personal, supervisión de casos y seminarios teóricos— como requisitos para la formación de analistas, controlando así el ejercicio profesional. Freud reafirmó su necesidad en “Análisis terminable e interminable” (1937).

Al realizar un psicoanálisis en carne propia, el psicoanalista entra en contacto consigo mismo y con las técnicas que aplicará; pero, sobre todo, adquiere la capacidad de distinguir lo propio de lo ajeno en el paciente —es decir, de manejar adecuadamente su contratransferencia como analista—. El psicólogo puede llegar a atribuir al paciente su propio estado mental y a intervenir en consecuencia, sin distinguir el uno del otro.

Aunque el psicoanálisis no forma parte del sistema nacional de salud ni se considera una práctica sanitaria regulada, desde sus inicios incorporó mecanismos de control para quienes deseaban ejercerlo. En mi opinión, dichos controles deberían aplicarse hoy con mayor rigor.

 

Hacia un sistema de salud psicológica saludable y con garantías

 

A la luz de todo lo expuesto, acudir a un psicólogo no es necesariamente seguro para la salud; más bien, sucede que representa un peligro. El paciente que acude a la consulta no debe dar por hecho que el psicólogo que va a atenderle está sano mentalmente: hoy por hoy, es una lotería con implicaciones potencialmente fatales.

Propongo la implementación de controles de salud mental y evaluaciones psiquiátricas para ejercer como psicólogo en el ámbito sanitario, de forma análoga —aunque más específica y cualificada— a la que enfrentan los profesionales que integran cuerpos de seguridad del Estado, portan armas o poseen permisos especiales de conducción. Al fin y al cabo, lo que aquí se conduce es la salud mental de las personas.

Y, paradójicamente, este Colegio Profesional de Psicólogos suele detectar intrusos, peligros y estafas en el ojo ajeno, pero rara vez en su propia casa, ya que las motivaciones que subyacen muchas veces tienen más que ver con la cuota de poder que con la sanidad (Lugo, 2024).

Considerar la psicofarmacología, cuando es administrada adecuadamente por un psiquiatra, frente a la asistencia psicológica, constituye una opción cuyos efectos secundarios son bien conocidos y cuyos controles resultan numerosos y debidamente documentados. Esto contrasta con la agresiva crítica que, desde el colectivo de psicólogos —a modo de sindicato—, reciben de manera constante nuestros psiquiatras, además de con la capacidad que tiene el médico para comprender la salud de forma integral.

 

Conclusiones

 

  1. Resulta difícil de justificar la laxitud en la aplicación de la protección de la salud contemplada en nuestra Carta Magna dentro del ámbito de la psicología.
  2. El sistema de salud, en lo que respecta a la psicología, está construido como un castillo de naipes. El paciente no puede otorgar su consentimiento informado a las intervenciones psicológicas porque no se le explican, de forma completa y precisa, los riesgos secundarios que implica ser atendido por un psicólogo que padece un trastorno mental. Esta situación resulta incoherente con una prestación sanitaria y, en todo caso, susceptible de ser contraria a derecho.
  3. En la actualidad, nada garantiza que un psicólogo que atiende en consulta esté mentalmente apto. El riesgo y la indefensión a los que se somete al paciente en España son, claramente, temerarios.

 

Referencias

 

  • Lugo, S. (2024, diciembre 24). Motivaciones para regular la psicoterapia en España. *RRHHDigital*.
  • Lugo, S. (2025, junio 16). La perversión de la sanidad en la psicología: ¿Es la atención psicológica realmente sanitaria? *RRHHDigital*.
  • Lugo, S. (2025, diciembre 22).Los peligros para la salud mental al ir al psicólogo en España . *RRHHDigital*.