Las crisis vitales suelen vincularse tanto al desarrollo evolutivo como a circunstancias particulares de cada persona que pueden generar sufrimiento.
Además, existen crisis asociadas al propio reloj biológico o a etapas significativas de la vida —como el primer amor, la graduación, el inicio laboral, el matrimonio, la llegada de los hijos, las pérdidas o la jubilación—.
También aparecen crisis de carácter más existencial, relacionadas con la identidad, los deseos personales o las inquietudes en el ámbito laboral.
Además, existen algunas crisis que más que por la edad dependen de factores individuales y de la propia idiosincrasia.
Por ejemplo, la crisis puede venir como consecuencia de un divorcio, una muerte de un familiar, pérdida de trabajo, enfermedad propia o un acontecimiento significativo en la vida.
También, la etapa de la infancia, así como el haber desarrollado una identidad adecuada en la adolescencia y juventud, influencian el surgimiento y el manejo de las crisis vitales.
En relación con ello, algunas personas pueden atravesar crisis vinculadas a las etapas del ciclo vital en las que se encuentran. Entre ellas, se incluyen las llamadas “crisis de la mitad de la vida” o las que surgen en la treintena, la cuarentena, la cincuentena o incluso en la tercera edad.
Estas crisis evolutivas están asociadas a momentos del desarrollo en los que la persona toma conciencia del paso del tiempo y se prepara para nuevas fases: la adultez, la madurez intermedia o el envejecimiento. Con frecuencia implican una revisión de los objetivos vitales y un replanteamiento del sentido de la propia trayectoria.
Se trata de un periodo de intensa movilización emocional, en el que se cuestionan los valores, expectativas y metas personales. En algunos casos, este proceso lleva a romper con aspectos de la vida anterior, a reconsiderar decisiones pasadas o a explorar nuevas posibilidades para el tiempo que queda por delante.
Si bien estas crisis pueden favorecer el crecimiento y la transformación personal, también suelen representar una etapa de turbulencia emocional cuya duración y profundidad varían en cada individuo.
En numerosas ocasiones las personas sienten un vacío, soledad o no encuentran un sentido a la vida en la que se ven inmersos, bien por cuestiones culturales propias del lugar donde viven, por afectos, por formas de ver la vida, con el consiguiente sufrimiento.
Sentirse desubicado, que no se encuentran a otras personas con las que compartir puntos de vista, que todo puede resultar superficial, que los estudios o la carrera profesional no es satisfactoria.
Aunque puede ser una etapa reflexiva que con la ayuda del psicoanalista sirva para el desarrollo individual pero en ocasiones lleva aparejada síntomas de confusión, desesperanza y nerviosismo.
Decididamente, estar inmerso en una crisis puede convertirse en un periodo difícil en la vida de un individuo, el contexto, los recursos con los que se cuenta.
Porque una crisis retrae una intensa energía psíquica de la persona que la padece, dejando menores recursos disponibles para vivir.
Así, el trabajo con un psicoanalista ayuda al consultante a atravesarlas, a hablar sobre ello, así como también a encontrar nuevos significados que permitan reorientase.
Saber quién se es, adaptarse a las demandas de la sociedad y comprometerse a nivel ideológico, profesional y personal ayudarán a la mejor adaptación.